CAPÍTULO 9. Restos de la batalla.



“Otra vez”. Se dice Sara cabreada consigo misma, aunque quizá más sorprendida que enfadada. Se pregunta por qué desde que tiene uso de razón –hecho que más de una persona opina que aún está por demostrar- siente ese impulso de transgredir, sorprender, dominar una situación a base de desbaratarla del todo. El sexo ha sido siempre una de sus armas para conseguirlo, aunque después siempre le queda un regusto amargo. “Joder, parece un argumento de una mala peli porno”, se dice. Simplemente le apetecía, o más bien le apeteció. Ahora no va a saber cómo actuar, saldrá el investigador del autobús y querrá retomar la acción donde la dejaron, pero (y a pesar de que solamente ha pasado un rato) como dice Sabina en su canción “Ya no es ayer / sino mañana”.

Le apetecía subir aquí, averiguar qué se traía entre manos este personaje. Una vez arriba, los extraños aparatos, la finca más extraña que ha visitado en toda la zona y sobre todo las vistas a La Vera desde esta altitud, la fragancia de la vegetación, la soledad del enclave, el estar lejos de todo y por qué no decirlo, el tiempo que llevaba sin darle al cuerpo alegría Macarena, según un dicho que ella misma se canta cuando lleva algunas semanas sin un intercambio sexual, hicieron el resto.

“Tampoco ha sido el polvo del año”. Encima eso. Bueno, la única ventaja de esta situación es que a este pirado no parece conocerle nadie, así que en el pueblo ninguno de los que llevan la cuenta podrá aumentar el registro de amantes. Aquí en La Vera, tan lejos de lo que ha sido su entorno familiar y personal hasta la madurez, lleva una vida totalmente libre. A costa de ser solitaria, su independencia es total. Con todas las ventajas y todos los inconvenientes. Precisamente lo que buscaba cuando recaló aquí tan lejos de su casa, primero en un servicio veterinario de una cooperativa ganadera y después aprobando la plaza de veterinaria municipal. Atrás en el tiempo, suficientemente lejos en distancia quedaron sus referencias geográficas, personales y familiares de alineaciones interminables de cepas y olivos. Paisajes cuadriculados, geometrías que a menudo le parecían asfixiantes por su regularidad. El recuerdo del aire puro y limpio de su pueblo, contrastando con los miles de fragancias que le abordan por la cambiante vegetación de esta comarca. Viviendas enormes con decenas de estancias, patios con un pozo en el centro, con puertas –porteras decían allí- por las que podía entrar un camión grande; ahora vive en una casa del Barrio –como es llamado el centro histórico del pueblo- vivienda estrecha de cuatro alturas, en una calle en la que no caben coches, desde el balcón de la última planta puede darse la mano con la vecina de enfrente. Sin embargo, prefiere ese pequeño espacio en su vieja casa alquilada porque por ahora temporalmente lo siente suyo, al igual que su propia vida. En la cuenta negativa, está la mala reputación que la envidia y los despechos amorosos de más de uno están labrando poco a poco en la pequeña sociedad donde está inmersa. Siempre ha sido muy despegada de cualquier entramado social. A costa de trabajo y estudio ha logrado una situación laboral y económica independiente de cualquier maledicencia, pero tampoco le apetece que le llamen la putilla del pueblo ni enterarse de que lo van diciendo por ahí. Así que de nuevo se encuentra haciendo equilibrios entre el exterior y el interior de sí misma, en lo que parece ser que es su sino vital.



Darío se ha quedado adormilado. Sale del autobús. La ve sentada en una piedra, mirando a la lejanía, desnuda, aunque el sol está ocultándose y ya empieza a bajar una brisa muy fría, igualando la temperatura del fondo del valle. La calidez de los últimos rayos de sol resalta su piel morena y su pelo rubio. Le parece una visión tremendamente hermosa. Se acerca. Quiere besarla pero ella hace un mohín con el hombro y el beso cae en su pelo. La ve sonreír -diría que casi por cumplir- pero no le mira. Se queda sorprendido, y enseguida se da cuenta de que ya terminó lo que no había empezado.

Sigue mirando al infinito, al fondo del valle. Quisiera estar cerca de ella, pero le parece que ahora mismo está a varios kilómetros. Se gira, le mira a los ojos.

-¿Por qué murió Mateo?

La pregunta le coge de sorpresa, pero su mirada no va a permitir una evasiva o un titubeo. Sabe que no le va a valer una mentira.

-Mira, Mateo fue víctima de…

-¿Qué es eso?

Ambos ven a una especie de mancha oscura que asciende por el fondo del valle, con un sonido semejante a un motor de gasoil revolucionado.

Como si fuera una voluta de humo negro con vida propia, lleva una trayectoria definida. Sigue ascendiendo rozando la vegetación y cuando llega a la zona donde las jaras empiezan a ser sustituidas por las retamas de montaña de repente desaparece, más bien se diluye, como si el viento hubiera deshecho el humo.

-¿Eso era…un enjambre enorme?

-Sara, eso es lo que ha matado a Mateo.

No le da tiempo a decir nada más, porque suena una música en el móvil y salta como un resorte, la melodía de Reckoning Day de Megadeth le anuncia el autor de la llamada. Sabe que solo puede anunciar problemas. Sara ve que habla, o más bien recibe instrucciones. Tenso como un resorte, solo acierta a decir “sí” y “entendido”, varias veces.

Cuelga sin despedirse. Busca sus ojos. La está mirando sin expresión ninguna, como si estuviera viendo detrás de ella, o como si fuera transparente. Están así como quince segundos.

-Vamos.

Y sin darle tiempo a reaccionar, cierra con llave el autobús y la caravana, se pone la mochila, salta a su quad, lo arranca y sale a toda velocidad camino abajo.

Cabreada a más no poder, recoge su ropa y salta a su coche. Le arranca y sale también zumbando hacia el pueblo, esperando no alcanzarle, porque sabe que como llegue a él es capaz de echarlo del camino de un bandazo con su coche, como en las películas.

A los diez minutos de rally con tal nivel de stress que solo acierta a enfadarse aún más sin tener tiempo de reflexionar sobre lo que ha dicho de la muerte de Mateo, en una larga recta donde puede acelerar, se empieza a acercar a Darío, ya distingue le nube de polvo. Mete quinta y se lanza a cien kilómetros por hora por la pista forestal. Le alcanza antes de lo que había previsto, y es que apenas acierta a ver las luces de freno del quad y a través del polvo distingue que culebrean, derrapando. Darío ha frenado en seco, a ella le da a tiempo a frenar con más tiempo y se para prudentemente a veinte metros de él, sorprendida y expectante por saber lo que ocurre. Hay un todoterreno rojo en el borde del camino, junto a él un chico con traje de campo, a medio camino entre ropa de cazador y de deportista de montaña. Sostiene una carpeta con papeles más grandes que los folios habituales, parecen planos y fotografías aéreas. Junto al coche, sobre un trípode, hay un instrumento topográfico. El chico está en medio del camino, gritando a Darío, impidiéndole el paso, más bien retándole a que le pase por encima.

Hay unos segundos en los que el quad hace como que va a saltar sobre él y el otro duelista le espera impasible, como si fuera capaz de detenerle si efectivamente se lanzara. Al final, se aparta con un gesto de desdén y claramente le increpa como quien cede ante un niño caprichoso.

El investigador acelera, saliendo con las ruedas delanteras en el aire. Ella pasa prudentemente, lo que no quita para que reciba una furibunda mirada del topógrafo. Continúa la loca carrera aunque ahora Sara modera un poco la velocidad, manteniendo la distancia con Darío, que sigue conduciendo como un loco. En breve, están cruzando por debajo del arco de mampostería que sostiene una conducción de riego, donde se acaba el camino y empieza la carretera. Han llegado a la piscina.

En lugar del bullicio habitual de las tardes de verano, con los coches apretados a ambos lados del vial con familias recogiendo los pertrechos del baño y de la merendola, Sara se sorprende de ver la carretera vacía. Baja un poco más hasta el aparcamiento y se sorprende aún más cuando ve varias ambulancias y una cinta de la guardia civil impidiendo el paso al acceso de la piscina y del bar.

Hay unos cuantos curiosos retenidos por las cintas. La gente de las ambulancias está atendiendo a varias personas dentro de los vehículos medicalizados, también hay facultativos en unos coches que están desperdigados por el aparcamiento, como si se hubieran estrellado.

Unos golpes en la carrocería del coche la sorprenden, son unos capones que el cabo de la guardia civil ha dado diciéndole que aparte el coche. No consigue centrarse en mover el vehículo porque se ha quedado paralizada al distinguir junto a una ambulancia tres camillas de las que sobresalen inmóviles los pies de tres personas, cubiertas por una manta isotérmica aluminizada. No las atiende nadie.

-Sara, por favor, mueve este puto cacharro.

La voz de su amigo el cabo Moreno le saca del alucinamiento y mete la marcha atrás, ve como en una nube, como si lo viera desde muy lejos, que le estaban pidiendo que apartara su coche para que pudieran pasar dos coches fúnebres. Siguiendo a los dos siniestros vehículos, como si fuera un exiguo séquito fúnebre, va la juez Marina. Se le queda mirando, sorprendida,  mientras traspasa el control de la cinta de la guardia civil. Sin relajar su serio gesto, le hace un gesto con la mano simulando un teléfono, indicándole que luego recibirá una llamada suya.

Se sube al capó del coche, tan caliente que quema después de la galopada por las pistas de montaña. Como no ve lo que quiere, se sube al techo. Entonces sí le ve. Al otro lado del cauce de la garganta, subido en el quad. Arranca el vehículo y va hasta él.

Está tomando imágenes con el móvil. Ha buscado un buen sitio para capturarlas, o por lo menos para contemplar la escena a placer sin que le vea nadie.

Pero no es su toma de fotos lo que le interesa del joven. Se acerca con el coche dando un rodeo por el otro puente encima de la garganta. Se baja del vehículo, él está como ensimismado viendo el maremágnum de la escena, tomando imágenes de los restos de la batalla. De improviso, le coge del pelo, obligándole a sentarse en el asiento del quad.

-Me vas a decir qué cojones está pasando y qué coños haces con las abejas.

-Espera. ¡Ay tía que me estás haciendo daño!

-Me lo vas a decir ¡AHORA! O te quemo el puto quad. Y basta de mentiras.

-Déjame un segundo, vamos a tu coche. No me tires más del pelo, por favor.

-Venga. Vamos.

Se sientan. Ella no lo ha notado, ocupada en llevar a Darío tirándole de la patilla hasta el coche, pero la escena ha sido seguida atentamente por unos ojos color azul hielo entrenados para ver sin ser vistos.

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