CAPÍTULO 7. El laboratorio.



La piscina municipal de la garganta de Gualtaminos en Villanueva es una presa provisional de maderos, que se sujeta durante el verano en las dos arcadas del viejo puente con unos puntales. Con este sencillo sistema se consigue una gran extensión de agua apta para el baño. Un quiosco surte de viandas y bebidas a los veraneantes que pasan ahí el día. En el aparcamiento, Marta y Pedro se afanan en cargar el monovolumen con todos los aparejos del baño. Han dejado a la hija jugando con unos amigos que se ha hecho esta tarde y ellos intentan ahora conseguir cuadrar el Tetris con las bolsas, el carro de la niña, toallas, neveras y resto de bultos. Pedro se desespera, agobiado por agobiarse en vacaciones. Cada vez está más nervioso.

Un grito infantil les pone el corazón en la boca, enseguida ven tranquilizados que es una niña más pequeña que su hija, llorando porque al parecer le ha picado algo. Su familia –y parece que todo el aparcamiento lo es- acude a la niña, que llora aún más.

-Me duele, me duele, me duele.

Sin decir nada, Marta vuelve a la piscina dejando a Pedro colocando maletas. Quiere comprobar que su hija está bien.



Aguas arriba de esa misma garganta, Darío y Sara conducen cada uno su vehículo. El todoterreno desvencijado de ella –un Landrover Defender con más de quince años- no pierde ritmo respecto del quad de última generación del investigador. Si el chico quería impresionarla con sus dotes de conducción se ha topado con una avezada contrincante. Sin hacer alardes, no le cuesta seguir el ritmo desbocado por las pistas de tierra. Media hora están dando botes cada uno en su medio de locomoción hasta que llegan a donde están estacionados el autobús y la autocaravana de Darío, el laboratorio de su experimento.

Tras el enésimo cartel de FINCA PRIVADA PROHIBIDO EL PASO, en el último desvío Sara cae en la cuenta de que ya no persigue una nube de polvo, sino que ve la cabellera pelusona de Darío; ha cambiado el firme del camino, se ha ensanchado, ya no hay baches, pisan una superficie compactada, con la cuneta arreglada.

Han hecho un kilómetro o menos de esta autopista en medio de la sierra. Llegan a una explanada donde el vial sencillamente, se extingue. Ve dos vehículos, una autocaravana bastante lujosa para ser la vivienda de un único ocupante y lo más sorprendente, el autobús.

Sara imagina ese autobús en un museo de películas de Harry el Sucio de los ochenta. Como un avión de la American Airlines sin alas, esa estética de chapa gris brillante acanalada, con pequeñas ventanas tipo ojo de buey. Coronado por varias antenas e instrumentos que parecen ser meteorológicos, las ventanas están cegadas, no da la impresión de que haya viajado mucha gente en él.

-¿Qué te parece? Es un Greyhound PD-4501 Scenicruiser, tardamos un día entero en poder subirlo. En algunas curvas usamos una excavadora para hacer hueco y que pudiera girar. Aguantó como un campeón. Este cacharro ha estado observando datos de abejas en laboratorios como este, pero en Estados Unidos, desde hace treinta años.

-¿Vives aquí?

-Más bien en la autocaravana, es una Hymer B524. La vivienda más amplia que he tenido nunca. Le sentó peor el viaje, se le reventó la suspensión cuando estaba a punto de llegar, no podría hacer por carretera ni un kilómetro. Pero el habitáculo está perfecto y tiene de todo.

-Esto está genial y qué vistas.

-Sí, no es muy lujoso, pero es tranquilo.

-¡Pero si es una pasada! Joder, qué envidia. En lo alto de la sierra, tú solo, con tus experimentos o lo que quiera que hagas…Supongo que no bajarás al pueblo nunca.

-La verdad es que aunque no lo parezca, esto es mi trabajo, está guay, pero es mi trabajo. No tengo mucho tiempo, bajo al pueblo a por suministros y subo enseguida. La beca exige resultados y unos hitos que tengo que ir cumpliendo. Eso sí, aquí se trabaja mejor que en un despacho de la uni.

-Yo no bajaría ni al pueblo. Pondría un huerto, mis placas solares, agua ya tienes…qué pasada.

No lo dice, pero piensa que esto es lo que ella había soñado cuando se mudó a La Vera. Vivir en la naturaleza con lo mínimo, en alguna finca apartada del casco urbano, ser autosuficiente, cultivar, tener animales… Un sueño totalmente irrealizable.

Lo intentó. Nadie puede decirle lo contrario. Compró una finca en las afueras del pueblo a unos alemanes que cambiaban La Vera por las Alpujarras. Su nuevo hogar tenía todos los elementos para funcionar de forma autónoma: placas solares, gallinas, cabras… al final la vida sencilla resultó ser más complicada de lo que parecía. La finca no tenía acceso para vehículos de ningún tipo, los desagües nunca funcionaron bien, las placas no daban energía para ningún electrodoméstico, por no hablar del pozo negro con una salida de gases para aprovechar el metano. Hacer compatible la vida alejada del mundanal ruido con un trabajo en el pueblo resultó imposible.

Fue un bonito sueño, algo fugaz quizá, pero un bonito sueño. Cuando consiguió la plaza fija de veterinaria del ayuntamiento, se auto proporcionó una serie de excusas (poder estar de guardias, instrumental, horarios, etc.) que la llevaron a una casa de alquiler en el casco urbano. También tenía su punto, desde luego, y nada comparable con los destinos de sus amigos de facultad; nunca le gustó ser previsible y sabía que en su puesto actual había roto con algunos augurios que se mofaban de sus deseos de no acabar asalariada en una clínica veterinaria de una gran ciudad.

Mientras va a buscar bebida, le ha abierto el autobús con toda la intención de impresionarla. Lo consigue. Cuando llega con los vasos y el agua, Sara está parada enfrente de las pantallas que vuelcan datos sin parar, muestran imágenes de colmenas por dentro y por fuera, incluso una especie de radar que con una sombra espectral giratoria muestra una serie de puntitos en una pantalla, superpuesto con una imagen del mapa escala 1:25.000 del Instituto Geográfico Nacional.

-¿Eso son abejas?

-Todo lo que ves aquí son datos de abejas.

-Me refiero a ese mapa.

-Sí, bueno, a esta escala de resolución son más bien grupos de abejas.

-¿Pero cómo es posible? ¿Puedes saber dónde están las abejas y ponerlas en un mapa?

-Sí, ¿has visto los mapas del tiempo donde representan las precipitaciones en tiempo real? Es la imagen de un radar y la representación de la reflectividad en las gotas de agua de la atmósfera. Bueno, esto es algo así, pero en lugar de identificar la reflexión de gotas de agua…digamos que detecto el aleteo de las abejas. Es algo así, dicho en bruto, claro.

-Y esos son…

-Esos son distintos colmenares que tiene la gente por aquí, que monitorizo también en tiempo real.

-¿Y podrías saber el número de abejas que hay ahora mismo?

-Pues no lo había pensado, pero sí, se podría dar un número bastante preciso,

-Bueno ¿y todo esto para qué sirve?

-Todo esto significa ni más ni menos que el mayor monitoreo que se ha llevado a cabo nunca en un área tan grande de la actividad de la apis mellifera.

-De la abeja de colmenero, vamos.

-Sí, de la abeja de colmenero.

-Muy bonito, el mapa es impresionante, pero ¿y la interacción? ¿No decías que podías interactuar con ellas, hacer que formen una súper memoria o algo así?

-Bueno…no exactamente.

-Ja, lo sabía. Era mentira.

-No, no es mentira. No empieces. –La ha mirado con simpatía, con interés incluso, Sara le ha devuelto la mirada clavando sus ojos verdes en los suyos– es que a esa fase todavía no ha llegado la experimentación. Ahora mismo estamos en el estado previo, en la fase B de la investigación…

-Eh.

-¿Sí?

Se acerca a él, sonríe. Darío retrocede, de repente acobardado.

-Mira, no me creo una palabra de lo que estás diciendo. No soy tonta. No sé qué te traes entre manos con las abejas ni que relación tienes con lo de Mateo. Sé que no me dices lo que estás haciendo aquí, pero me gusta el sitio.

-Que…. ¿Que te gusta el sitio?

-Sí, podría quedarme un rato…si tú quieres, claro.

Se ha quitado la camiseta mientras hablaba. Darío se queda sin habla mientras ella se acerca un poco más, le empieza a besar, le sienta en la silla de la mesa de trabajo y se acomoda encima de él.

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