CAPÍTULO 17. No huyas hacia arriba.




A Sara le sorprende lo cerca que estaban de la caseta donde se han alojado las abejas formando el enjambre asesino, el vivac donde pasaron la noche debajo de las escoberas que arrancaron, el lugar donde vieron morir a un hombre. Tras una corta marcha de media hora han llegado a la zona de maleza en el que les interceptaron. Le parece nuevamente que ha pasado mucho tiempo desde que les bloquearon el paso, se da cuenta atónita que no ha transcurrido ni un día. El breve rato que ha pasado desmayada le ha distorsionado la percepción del tiempo. Reconoce en su cuerpo todos los síntomas de una crisis de ansiedad y se pregunta por qué no se ha derrumbado, por qué no ha mandado todo a paseo o por qué no está gritando y pataleando histérica.

Un hombre del BRIM les sale al paso. Con un ademán de orgullo, les relata que él solo apagó el foco que saltó de repente. Se lo muestra y ven una pequeña zona de unos cinco metros cuadrados de pasto recién ardido. El jefe le pregunta si ha visto a alguna persona y el hombre le responde sorprendido que no. Hasta ese momento al empleado no se le ha ocurrido pensar que alguien pudiera haber provocado el pequeño incendio.

El jefe sigue departiendo con Darío. Apartados de sus hombres, lanzan miradas a un lado y al otro mientras hablan de forma casi inaudible.

-Por suerte estábamos aquí controlando. Dejé a este hombre vigilando el enjambre.

-Por suerte para el Carlos este, que quería que acudiéramos al reclamo.

-¿Tú crees que el amigo de tu amiga también ha sido el que ha provocado este incendio?

-Estoy seguro. Como te he dicho antes, estos son incendios de chichinabo. Vamos siguiendo como corderitos su señuelo.

Avanzan entre el monte hasta que el enjambre está a la vista. Lo contemplan con los prismáticos. Una masa negra, amenazadora. A parte de su tamaño descomunal, desde el techo de la caseta hasta el suelo, no se ve nada extraño. Las abejas la recubren como una manta informe y móvil. Desde el punto donde están mirando, no ven el cuerpo del hombre muerto esta mañana, pero los dos saben que está ahí, como una acusación silenciosa. El jefe se dirige a Darío.

-Entonces ¿El veneno funcionará?

-Por supuesto, eso va  a hacer desaparecer el enjambre de una vez. Nos le cepillamos y a trabajar. Se ha quedado registrado todo. Si no os habéis cargado nada metiendo las manazas en el equipo, todo el experimento completo está en mi ordenador. ¿Habéis entrado en él?

-Por supuesto, hemos hecho una imagen de su disco duro, ya lo desencriptaremos.

-No será necesario si no os habéis cargado los ordenadores del campamento. De todas formas, yo tengo una copia de seguridad que se actualiza y se sube a Internet cada día, así que si no habéis sido muy cenutrios podemos decir que todo el experimento está a salvo, aunque se queme el autobús. También la información genética de las colonias introducidas, en especial la del enjambre de Mateo, que es la misma.

El jefe le mira, calibrándole.

-A lo mejor todavía te apetece seguir dentro.

-A lo mejor sí.-  dice Darío sonriendo.

Nuevos gritos alarmados. De nuevo un chisporroteo amenazador, como el anuncio de una descarga eléctrica. Olor a humo, enseguida, calor. Esta vez el incendio está muy cerca y no tienen una zona explanada de seguridad como en el anterior del laboratorio, que protegió a los vehículos; aquí están en medio de un bosque de monte bajo denso y tupido. Jaras, escoberas, robles. Llamas de  seis metros se alzan con violencia. El humo les ciega y ahoga.



Sara está paralizada, contemplando las llamas a escasos treinta pasos. Ve con horror como unos conejos con el lomo ardiendo, aterrorizados, corretean por el pasto, propagando el fuego por todos lados. El jefe y los hombres que les han acompañado intentan contener las llamas con escoberas convertidas en batefuegos, tal y como les han enseñado antes. Sin embargo, el resultado es mínimo porque no pueden atacar las llamas a favor del viento, sino en contra. La propia llama no les deja llegar a su base. Darío se acerca a Sara y la coge del codo, tirando de ella.

-Venga, vamos, ¿estás loca? Nos vamos de aquí. Es una trampa, este cabrón nos quiere matar. Nos ha hecho venir para esto.

-¿Pero qué dices?- Se suelta el brazo de un tirón violento

-No lo entiendes, ¿verdad? El paso hacia el fondo del valle está cortado por el fuego y hacia arriba está el enjambre. Estamos atrapados. Nos ha hecho venir y ahora no tenemos otra opción más que pasar junto a la caseta con las abejas para llegar hasta donde no haya vegetación.

-Yo no voy, esta mañana ha muerto un hombre ahí y llevaba traje de protección.

-¡Es la única opción que tenemos! ¡Vamos!

-¡No! No puedo. ¿No lo entiendes? No puedo acercarme a esas abejas, son asesinas.

Les interrumpe el tableteo del helicóptero Kamov, intenta maniobrar para acercarse al fuego y descargar agua, el aire que lo sustenta empuja las llamas contra el suelo y provoca una nube de ceniza y polvo que les ciega y no les deja respirar.

Sara no ve a Darío. No ve nada. Tose. Una mano le agarra el codo, creía que iba a ser de nuevo el investigador, pero ve a Carlos. O lo que antes era Carlos. Lleva su ropa totalmente chamuscada y humeante, su rostro y las manos están surcados de heridas. Se ha puesto un pañuelo en la cara, apenas se distinguen sus ojos enrojecidos.

-Ven conmigo.

Le sigue sin dudar, tres pasos. Cuando ella se queda parada, él se gira. Se dirigen hacia el frente de llamas.

-Confía en mí.

-Pero, estás loco, ¿dónde me llevas?

-Un atajo a un refugio, es una poza en la garganta, ahí podemos esperar a que pase esto. No te sueltes de mí y procura llevar la cabeza lo más abajo que puedas. Ponte esto. –Le alarga un trapo húmedo y se lo pone en la cara, tapándole la nariz y la boca.

Otro helicóptero desciende sobre ellos, es un BELL 212. Permanece estático casi sobre el foco del incendio. Parece que busca un sitio para aterrizar y dejar en el suelo a un retén de bomberos que va en su interior. Les envía un huracán de aire hirviendo y chispas encendidas. No se pueden oir. Sara le hace un gesto afirmativo indicando que va todo bien, para no levantar el trapo que le filtra el humo. Él la coge de la muñeca y echa a andar, casi corriendo. Se acercan mucho al frente de fuego, pero no lo atraviesan. Pavesas y chispas saltan hacia ellos. Se dirigen hacia unas rocas, junto a la garganta. Le hace subirse a un gran bolo granítico, las llamas están cerca, empiezan a prender en unos escasos robles que rodean las rocas. El calor es infernal. El humo la irrita los ojos. Carlos le indica que salte a una roca que está debajo, como mínimo, ella estima que hay cuatro metros de desnivel. Le mira atónita.

-Salta o mueres aquí.-Apenas la ha devuelto la mirada

La suelta y se lanza él. Cae de pie, aunque el impacto le hace rodar, aparentemente sin ningún rasguño. Ella no tiene alternativa, salta o regresa atravesando las llamas, tampoco parece buena opción quedarse esperando a achicharrarse con los árboles que ya definitivamente están ardiendo. Se lanza y cae sobre la roca. Nota que al  impactar Carlos la sujeta pero el golpe en la pierna le provoca un  chasquido y un dolor punzante localizado en la rodilla.

-Me la he roto, me la he roto. -De repente, no se acuerda del incendio ni de nada más, solamente un dolor intenso y la imposibilidad de mover la pierna la bloquean.

-Ahora te miro eso, solamente nos queda otro salto.

La coge en brazos, Sara no se puede creer lo que está viendo. La roca donde ha caído está sobre el cauce fluvial de la garganta, formando una especie de trampolín que casi cubre una poza, seis metros más abajo está el agua cuyo nacimiento está poco más de unos cientos de metros aguas arriba. No quiere ni siquiera evaluar el escaso caudal que puede llevar esta garganta a estas alturas del año. Al estar al fondo de una sima, su superficie es negra como el alquitrán, apenas llega la luz. Adivina que Carlos quiere que salten ahí para salvarse del incendio, que les sigue cercando. Los árboles que les rodeaban arriba de la roca ya están ardiendo y las chispas que caen de ellos empiezan a quemar el pasto seco entre las piedras que tienen alrededor. Están en un punto de no retorno, imposible subir o alcanzar otra roca. Solamente ve fuego por todas partes. Humo. Ruido de vegetación quemándose y chisporroteando. Aunque la poza y el agua helada de abajo podrían parecer acogedoras en estas circunstancias, el desnivel y lo angosto del pozo le dan pánico.

-No puedo saltar. ¡No puedo! Tengo la pierna rota.

-No creo que esté rota. No lo parece. Tenemos que saltar, Sara. Ahora.

Se quita el cinturón. Por un momento ella cree que la va a azotar un zurriagazo para hacerle entrar en razón. En lugar de eso, le ata la muñeca con un extremo y se ata él el otro extremo.

-Venga, procura caer con las dos piernas juntas. –Le mira los ojos, dos carbones encendidos entre pestañas chamuscadas que se clavan en ella- A la de tres voy a saltar y te voy a llevar conmigo. – Le arrastra cojeando hasta el borde, a Sara le parece aún más lejana el agua. Un charco negro en el fondo de una sima de piedras. No percibe nada más que el latir rápido y violento del corazón. Nota los golpes de la sangre en las sienes. La vista se le nubla por unas luces rojas. Apenas oye el grito de Carlos, junto a ella.

-Una, dos…

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