CAPÍTULO 15. Invitados por el BRIM



Sara interpela a Darío lo más silenciosa que puede.

-¿Qué quieres decir con que “esto cambia las cosas”?

-Pues que el inhibidor no funciona. No hay forma de acercarse.

-¿Y ahora?

-No se me ocurre otra cosa que colaborar con el BRIM.

-Sí, con los que me intentaron matar ¿Pero de qué vas, hombre? ¿De qué lado estás?

-Estoy del lado de terminar con esto, como todos los que estamos aquí. Esa es la prioridad número uno. Ahora que han visto que el inhibidor no funciona, no van a saber qué hacer, por lo menos en estas primeras horas. Si hablo con ellos a lo mejor les convenzo para que me hagan caso.

-¿Y qué les vas a proponer?

-Envenenarlas, no hay otra solución.

-¿Se puede? ¿Así, tan fácil?

-Bueno. Tan fácil no, luego os lo explico.

-Ya. ¿Y quien le pone el cascabel al gato? Porque conmigo no cuentes. –Carlos le ha susurrado de repente, en un tono de voz casi inaudible.

-Bueno, quizá eso sea ahora mismo secundario. Lo primero es conseguir su ayuda para eliminarlas, no hay otro paso posible, esa es la máxima prioridad en este momento.

-No, la prioridad ahora es salir de aquí.-Tercia Sara.

-Tiene razón Sara, nos has traído hasta aquí ¿ahora cómo salimos? – Dice Carlos.

-Si salimos a la carrera es difícil que vayan a por nosotros las abejas, no atacan al que se aleja pitando.

Carlos reflexiona. Mira duramente a Darío.

-¿Os traje aquí ayer para ver esto y acto seguido salir corriendo? Estuvimos ayer toda la tarde atravesando el puto jaral pasando el calor de mi vida porque, supuestamente, lo ibas a solucionar. Ahora hay que salir por patas. Estupendo. Bien, mirad, si solamente hay esta posibilidad, escuchadme y haced lo que os digo.

Sara y Darío atienden sin mover un músculo, se diría que nunca habían escuchado tan atentamente a nadie.

-Salgo yo primero y echaré a correr, hay una trocha. Es más ancha. Baja por el nacimiento de la garganta. No va por jaras como la de ayer, pero tened mucho cuidado con las piedras sueltas. En cinco minutos podemos estar muy lejos. Sara después de mí y después tú. Tenéis que estar muy atentos porque la hierba seca resbala mucho, usad las escoberas como si fueran barandillas y utilizadlas para frenar. No deis un mal paso porque os podéis romper un tobillo. Me pararé a un kilómetro, ahí estaremos fuera de la influencia de las abejas ¿no?

-Perfecto, a un kilómetro es difícil que se preocupen de nosotros, de hecho, diría que aquí todavía no nos han importunado y estamos bastante cerca, a pesar de que estamos hablando cada vez más alto. Yo creo que no nos han identificado como amenaza.

-Pues venga, nos vemos un kilómetro más allá. Si ya estamos lejos de estos bichos, parlamentamos lo que haremos a continuación.

Les mira un momento y se escabulle debajo de las retamas que tienen encima, antes de echar a correr quita el resto de las que les tapan y tiende la mano a Sara para ayudarla a salir. La saca en vilo de un tirón. Darío se incorpora también de un salto. Automáticamente, siente un picotazo en la espalda. Carlos ya está corriendo cuesta abajo. Sara echa a correr intentando no perderle, él sale pisándoles los talones. Rápidamente alcanza a Sara, que le cuesta subir una pendiente entre rocas. Ha de pararse mientras ella termina de superar un paso entre las grandes piedras, tiene el impulso de empujarla, apremiado por la prisa, los nervios y el dolor de los tres picotazos más que lleva en la espalda y en la nuca.

Sara consigue avanzar entre las piedras y duda un momento por el camino que ha cogido Carlos, pero se lanza a toda velocidad por lo que parece el camino más ancho. Ahora pueden correr con más facilidad y ven a Carlos unos metros más adelante, ha debido esperarles.

Darío ya no nota los picotazos, la adrenalina tapa el dolor. Sigue la carrera desbocada Ahora han cogido velocidad, incluso parecía que iban a alcanzar a Carlos. Llegan a una zona de retamas y se introducen en ella arañándose la cara. No ve a Sara, intenta acelerar y de repente se encuentra en el suelo.

Nota dolor y opresión. Sus manos están inmovilizadas, sujetas por fuertes brazos. Ha sido tan rápido que ahora  se da cuenta de que le han hecho una especie de placaje, un hombre se le ha echado encima y le ha derribado, apoyando todo su peso e inmovilizándole.

-Vale, vale.

No ofrece resistencia. Dos personas le ayudan a levantarse mientras le tienen sujeto. Le conducen unos metros más adelante.

-¡Soltadme, hijos de puta!

Sara está pataleando y gritando. Otros dos hombres la tienen sentada en el suelo intentando sujetar sus brazos y sus piernas. Carlos está de pie, también sujeto por dos hombres, pero tranquilo y se diría que indolente.

-Sara, tranquila, no nos van a hacer nada.

Al oír a Carlos y ver también a Darío calmado entre sus dos captores, la muchacha se tranquiliza un poco, deja de gritar y se sosiega. Se levanta y también se deja sujetar por los brazos. Hay cuatro hombres más, todos llevan un mono azul marino, sin identificación ninguna. Parecen extranjeros, rubios, altos y de ojos claros.

Les han ofrecido agua fresca de una nevera portátil que los tres consumen con avidez y ansia. En el centro del círculo está de pie un hombre alto. A todas luces, el jefe. Mira a los tres alternativamente. El rostro hierático y la gélida mirada azul no dejan traslucir ninguna emoción, salvo una severidad extrema. Cuando ve que están más tranquilos –sobre todo Sara- habla con un marcado acento anglosajón y equivocando alguna palabra.

-Gracias, señoritos. Lamento el medio empleado pero no tenía otra opción. Ahora vamos a ir a nuestro laboratorio para aclarar unos detalles y en seguida podrán marcharse.

Acto seguido emprende el paso y los hombres que sujetan a los tres les conducen detrás de él. Carlos camina dócil, aunque no deja que le toquen. Sara sí ofrece resistencia al principio, los dos guardianes tienen que sujetarle los brazos, prácticamente llevándola en volandas. Ella patalea e intenta zafarse, pero ellos son fuertes. Al final, desiste aunque tienen igualmente de conducirla agarrada. Darío les sigue igual que Carlos, pero sin demostrar ninguna hostilidad hacia esas personas del BRIM.

En quince minutos a buen paso están en el laboratorio de Darío, ahora tomado por este personal ajeno. Son unas diez personas que se mueven de un lado para otro, diríase que todos tienen una labor específica fija porque se desplazan con celeridad llevando y trayendo cosas. Les ofrecen ir al baño de la autocaravana, más agua y unos bocadillos de pan de molde con jamón york y queso. Luego les conducen al laboratorio en el autobús.



Carlos reflexiona que para haber perdido un compañero hace un rato, no parecen tener mucha tensión. Se reafirma en la idea de que son militares profesionales. No sabe muy bien qué hacer, aunque por ahora claramente están retenidos contra su voluntad al albur de lo que mande el jefe. Aún tiene en la memoria reciente la imagen de ese hombre tendido en el suelo, muerto. No es la primera vez que ha visto un cadáver, pero sí es la única vez que tiene miedo de que le ocurra a él lo mismo. Reflexiona sobre los últimos sucesos desde que hace día y medio recogiera a Sara de unas escoberas, después de que esas personas intentaran matarla o algo parecido, aquella noche que le parece tan lejana; desde entonces, las cosas han ido de mal en peor. Por mucho que le ha dado vueltas no sabe bien qué pinta él en todo esto y tampoco sabe cómo salir definitivamente del asunto.

Sara se encuentra definitivamente desubicada. El día de ayer le pareció que estaba haciendo algo útil, con la recluta de Darío y la búsqueda del enjambre. Sin embargo, el de hoy se ve raptada (y van dos veces en una semana) y de alguna manera cómplice de esta gente a la que tanto detesta. Le parece que ha transcurrido un mes desde que la despertaran de la siesta y la llevaran a ver al pobre Mateo. No sabe qué va a ocurrir. Tiene miedo real y fundado por su integridad física. Se le seca la boca cuando piensa que estos hombres del mono azul marino la dejaron sedada dentro de un coche que lanzaron por un barranco. Pensar que ha tenido sexo en el mismo recinto donde ahora está encerrada o retenida por esta gente le produce náuseas y no puede evitar recordarlo con asco.

Darío en cambio recuerda gratamente ese momento y aún se le aceleran las pulsaciones cuando recuerda el cuerpo desnudo de Sara sobre él, en la silla de trabajo de la sala de monitores. Sin embargo, teme que se va a quedar como un bonito recuerdo para él y nada más. A la vista está que Sara no parece desearlo, ni mucho menos tener algún tipo de amistad o roce. Ha salido todo de una forma bien distinta a lo que más o menos planeó la noche que pasó en el hotel moralo.



Ante ellos, los monitores continuamente vuelcan datos extraídos de los múltiples y distintos sensores que Darío colocó por toda la zona. Darío los examina con detenimiento, sentado frente al teclado (ha evitado mirar a Sara al coger la silla) teclea y maneja el ratón para cambiar la vista de las pantallas o mandarlas que ofrezcan otro tipo de datos. A pesar de todo lo ocurrido –y se sorprende gratamente sintiendo empatía por las víctimas que ha habido hasta ahora, parece ser que por alguna razón está en la vía de asemejarse más a una persona normal- el haber alcanzado un hito en la investigación y en el desarrollo del experimento, superando la fase A y entrado de lleno en la fase C le altera el pulso y le acelera las meninges.

Más de dos años de trabajo y estudio continuos están dando su fruto, obviamente con resultados desconocidos y no previstos, pero esa idea aún le excita más, ya que se da cuenta de que está traspasando la barrera de la experimentación ciega para adentrarse en la región del conocimiento de algo que nadie ha visto ni podido alcanzar hasta ahora.

Ya habrá tiempo de extraer conclusiones y saber por dónde tirar a partir de este momento, pero está claro que se ha dado un paso más, un paso que nadie había dado. Un artículo en una revista de ciencia se va a quedar corto, a su juicio, con lo que es posible deducir de lo ocurrido estos días. Siempre que se pueda salir de esta sin que nadie más salga herido ni acaben complicándolo en alguna responsabilidad penal. No olvida los muertos: Mateo, la gente en la piscina, el compañero del BRIM… eso es un marrón tan grande como el pico Almanzor, y es muy probable que más de uno quiera ver de qué manera se lo cargan a él y le hacen comérselo a él solito.

-¿Conclusión? – La voz fría y metálica le extrae de sus cavilaciones.

-Un momento. Quiero ver otra cosa…

Una impresora láser chirría suavemente y expulsa una hoja DINA3 con un mapa y superpuesto una serie de manchas. Sara reconoce la representación de las abejas en todo el área del término municipal que le enseñó el extravagante investigador. Darío se inclina sobre el papel y traza unas líneas.

-Bien, si veis esta hoja veréis la situación actual del enjambre, lo he marcado con rotulador. Aquí es donde hemos pasado la noche y donde el compañero…

-Siga delante.

-Bien, como podéis ver no se ve apenas ninguna otra mancha roja, eso quiere decir que no hay otra colonia en toda la zona cubierta por el radar.

Manipula el teclado y el ratón de nuevo. En el monitor donde antes se veía el mapa y las manchas de colores como una imagen fija aparece ahora un mosaico de imágenes correspondientes a una sucesión de varias horas en las que con el mismo mapa de fondo se ve claramente el movimiento de las manchas. Efectivamente, solamente una mancha de color rojo intenso se ve quieta en la representación de la zona. Se aprecia como se mueven las otras manchas con colores menos saturados, en una distribución radial con el foco en la caseta donde se estableció el enjambre que vieron ayer. Las manchitas van y vienen de la colonia de la caseta, en lo que parecen ser varios caminos de hormigas que parten del mismo punto.

-Todas las abejas que hay en cinco kilómetros a la redonda pertenecen a una sola colonia. La del súper enjambre.

-¿Es eso posible?

-A la vista está. Se ha dado el paso a un desarrollo evolutivo. Lo que estaba previsto. Señores, tenemos ante nosotros a la APIS SAPIENS.

Se silencia la sala. Solamente el zumbido de los ordenadores y del aire acondicionado se hace notar. Carlos y Sara se miran. El jefe escruta el rostro de Darío entrecerrando los ojos, se diría que analizando internamente hasta el más mínimo resquicio dentro de su mente.

-Explíquese, y cuénteme qué es eso y por qué hasta ahora no he oído ese palabro en los escritos e informes que he leído suyos desde hace dos años.

-Es una colonia que es capaz de responder más inteligentemente a los problemas. Aunque habría que estudiar durante tiempo los datos recogidos y darse una vuelta por los distintos colmenares, el resultado salta a la vista. O mucho o me equivoco o esa colonia inicial, la MOD2AAA del colmenar AJ2 ha derivado en otro supraorganismo más capaz, más inteligente. Parece ser que ha conseguido saquear todas las colmenas de su entorno, tanto en los colmenares semiprofesionales de actividad apícola humana como en las contadas colonias silvestres que vivían alejadas del núcleo de población.

Carlos, Sara y el anguloso jefe del BRIM le miran atentos y sorprendidos.

-Todos sabemos que una colonia de abejas se comporta como un organismo con capacidad de inteligencia, limitada, pero asombrosamente eficaz. Ese es el punto de partida de mi tesis de fin de carrera, de las primeras investigaciones, de las desarrolladas en el MIT y finalmente en este experimento con ustedes. Formado de muchísimos individuos que cumplen mecánicamente la función que corresponde a su etapa de desarrollo, de alguna manera la unión de esas microinteligencias es capaz de formar un ente capaz de tomar decisiones por sí mismo. Cantidad de población, temperatura, condiciones químicas de la colmena, aporte de agua, néctar, polen, producción de miel, proporción de machos y hembras, lo más importante y sorprendente, la reproducción de la colonia… todas esas funciones se reparten equitativamente a cada uno de los individuos de la colonia. De alguna forma ellas –en lo que Karl Von Frisch llamó el Espíritu de la colmena- son capaces de aglutinar ese pequeño número de conexiones neuronales de cada abeja en un súper cerebro. Pues bien, la introducción de la variación genética AJ2 ha provocado en la primera generación el nacimiento de lo que antes he anunciado, la nueva especie APIS SAPIENS. Una buena panda de hijas de puta.

-Enhorabuena, y ahora qué. –La hostilidad de Sara le resulta dura de asimilar a Darío.

-Pues ahora tenemos un problema. Como dijo Carlos, a ver quien le pone el cascabel al gato. Estamos de acuerdo en que hay que eliminar ese enjambre, ¿no?

Ha interpelado al jefe. Este reflexiona un instante, yergue aún más el cuello y su espalda se asemeja a una tabla recta.

-Efectivamente, ese es el pie a seguir. Queremos terminar con esto sin que nadie más salga herido. Empezaremos de nuevo en otro sitio y con otros parámetros, con otro equipo. –Al decir esto ha mirado significamente a Darío.

-Bien, pues el método está claro. Hay que envenenar a esa colonia. El número brutal de individuos que tiene que manejar necesita una cantidad de polen y miel que no creo que puedan conseguir durante mucho tiempo a través del saqueo de las antiguas colonias. Tampoco el campo les puede aportar ya muchos nutrientes, dado lo avanzado del verano. Así pues tenemos un bicho podidamente grande, hambriento y muy cabreado. –Al decir esto se pasa la mano por la nuca, Sara se fija en las marcas de los picotazos que le alcanzaron en la huida de primera hora de la mañana.- Tenemos que aprovecharnos de su hambre. Colocaremos mucho alimento tóxico para las abejas, aunque apetitoso, a una distancia prudencial, estas lo llevarán a la colmena y lo distribuirán entre todas. Hay que engolosinarlas bien para que acepten este néctar venenoso sin reparos.

-¿Eso bastará?

-Debe bastar. Ahora hay poco alimento por el campo y el enjambre tiene que comer, cualquier fuente de comida va a ser bien recibida. Si el veneno tiene el suficiente efecto retardado, cuando se quieran dar cuenta de su acción –algo que tarde o temprano van a hacer- se va a encontrar diezmado y débil.

-Un ratito. Entonces este método no es cien por ciento seguro.

-No, no lo es al cien por cien. –Darío mira  a su antiguo jefe con hostilidad, molesto porque su plan tenga algún resquicio.- pero ningún procedimiento aplicado a seres vivos de este tipo lo es. Sin embargo, ahora mismo tenemos esta única opción.

-¿Y qué producto venenoso hay que utilizar?

-Insecticidas de uso general, mezclado al setenta y cinco por ciento con alimento líquido de abejas. Lo distribuiremos en un área alrededor del enjambre, a quinientos metros de distancia en una figura circular.

Carlos está a punto de decir algo, pero se calla en el último momento y de su boca no sale ni un sonido. Después de mirarle un instante, Darío sigue hablando.

-Hay que prepararlo sin más dilación. Ahora saco una lista y que alguien baje al pueblo a hacer la compra.

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