CAPÍTULO 14. Ensayo del inhibidor.




A las pocas horas, Carlos les despierta tal y como les dijo, sin hacer ni un ruido, con un empujón. Sara tiene la impresión de que no haber dormido, apenas un parpadeo. Se reafirma en la idea de que este hombre ha visto demasiados episodios de El último superviviente. Le duelen los músculos de las piernas y las ampollas de los pies. También los moratones y el chichón provocados por el accidente fingido. Como luz, no hay más que la penumbra del amanecer que empieza a despuntar. Aún tardará en verse el sol dado que la cabecera de la garganta forma en su nacimiento un valle estrecho y las paredes graníticas que la cercan son muy altas. Apenas tienen espacio para moverse debajo del endeble refugio que construyeron anoche, más bien están debajo de un montón de escoberas y brezos ya que la cubierta de la puerta se les ha ido viniendo encima mientras dormían. Se ponen las botas y se desperezan como pueden.  Carlos les advierte:

-Hay movimiento. Viene alguien.

Ahora pueden ver el enjambre con un poco más de luz de lo que pudieron hacer ayer. A pesar de estar en la sombra del edificio derruido, se percibe más que verse la masa de pequeños seres que agita y zumba, como un viejo transformador de media tensión. Decenas de miles de individuos produciendo al unísono un ruido grave y pesado. Una masa informe en forma de racimo, del tamaño de un coche utilitario pequeño, colgada del techo.

Efectivamente, viene alguien. Oyen un ruido y ven acercarse a una persona con traje de apicultor. Ellos están en el lado suroeste del enjambre, esta persona se acerca por el este, pueden seguir perfectamente sus desplazamientos. Tienen suerte porque como el sol aún no les da sobre el refugio pueden ver bastante bien a través de la maleza que forma la cubierta. El nuevo personaje lleva en las manos un aparato parecido a un receptor de radio convencional a pilas, de los que llevan los jubilados por el parque. Cada pocos pasos, apunta con el aparato al enjambre y lo manipula, al parecer haciendo algún tipo de lectura en una pantalla del dispositivo.

-Ese traje es del BRIM. Ese tío lleva mi inhibidor de abejas, está probando si funciona.

-¡Chssssst!

Darío ha susurrado a Sara y en seguida Carlos le regaña, aunque no parece hacer falta tener cuidado con el volumen de la voz porque de repente el enjambre genera un sonido vibrante y de tono bajísimo, aumentando progresivamente los decibelios hasta que pueden notar la vibración en el aire, el suelo y las plantas arrancadas que amontonaron ayer. No se oye ningún otro ruido en el campo. Sara está aterrada, Carlos se ha puesto lívido, solamente Darío parece conservar la compostura, pero en sus pómulos marcados también se puede apreciar la tensión con la que observa la escena.

El protagonista de la misma, el hombre del BRIM vestido de apicultor, no parece estar mucho más tranquilo que los tres jóvenes que le espían mientras se acerca con el inhibidor. Se para y hace presión con la mano en un lateral de su careta, por lo que parece para intentar comunicarse con alguien mediante un intercomunicador vía señal de radio. Está a unos veinticinco metros del enjambre, que no para de vibrar.

-No funciona –Dice Darío en voz baja- Algo están haciendo mal o se ha estropeado. Las abejas tendrían que haber parado al percibir el sonido ultrasónico.

Como si hubiera sido una señal de contraorden, el ruido gana en intensidad y frecuencia, ahora es más agudo. De improviso de debajo de la cabaña, del mismo corazón del enjambre que se encuentra alojado en ella, sale una especie de nube negra con forma de mano, una acumulación de miles de insectos que son capaces de formar una humarada oscura que cubre en pocos segundos al operario. Se queda inmóvil, parado con los brazos en cruz levemente levantados mientras la mano oscura le envuelve por completo y forma una especie de traje viviente.

Siguiendo las instrucciones por el intercomunicador o quizá por propia inciativa, retrocede poco a poco, intentando mantener la serenidad. Se gira y con pasos espaciados y lentos se aleja del enjambre, avanza a tientas porque la careta es la parte del cuerpo que más insectos tiene, cubren totalmente su cabeza.

Carlos nota la mano de Sara apretando la suya, la mira y ve que tiene los ojos desorbitados, mordiéndose los labios para no gritar. Él tiene la boca seca y el sentido aturullado, incapaz de hacer otra cosa que mirar al hombre que se aleja paso a paso del colmenar, a ciegas.

Da un traspiés y cae al suelo. Rueda torpemente, con los insectos sobre toda la superficie de su cuerpo. Trata de levantarse.

Grita.

La mano de Sara se crispa sobre la suya, haciéndole daño al aplastarle los nudillos y las falanges unas contra otras.

El hombre anteriormente calmado y sereno que avanzaba hacia el enjambre se convierte en una víctima vociferante e histérica. Se retuerce en el suelo. Se sacude todo el cuerpo y en especial el abdomen, por encima del traje se lleva las manos a la garganta como si la masa de abejas que tiene encima fueran unas tenazas que le estuvieran asfixiando.

Ha dejado caer el inhibidor y a manotazos intenta quitar las abejas que le tapan la visión.

-Le han entrado en el traje, le van a freír ahí dentro. No se os ocurra moveros.

Ha hablado Darío, en voz casi inaudible. Carlos se tapa la boca con las manos para no gritar. Sara llora en silencio, también ahogando su lloro en una especie de maullido para no hacer ruido. Gruesas lágrimas le corren por el rostro.

Con una voz ahogada, el hombre grita, se da puñetazos y patalea por espacio de un minuto. No consigue incorporarse. Al final cae inmóvil. Casi inmediatamente, desaparece la nube de abejas que le rodeaba y cubría el cuerpo. El zumbido ha cesado. Yace inerte. Boca arriba. Cubierto el traje de aguijones. Una mano enguantada está extendida sobre la garganta, la otra parece que está por dentro del traje, quizá intentando –inútilmente- zafarse de los insectos que le achicharraban el cuello a picotazos por dentro de la ropa, en carne viva, sin la protección de la cubierta exterior de la careta y el blusón.

Pasan varios minutos hasta que alguno se mueve. Sara se tapa la cara con las manos. Carlos se ha transmutado en una estatua rígida, tan solo el cuello parece tener movimiento tragando saliva de vez en cuando. Darío mueve los labios hacia los dos lados, en lo que parece un movimiento mecánico e involuntario producido cuando su cerebro está a pleno rendimiento.

-Esto…cambia las cosas.

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