CAPÍTULO 12. En el chozo



Sara está desorientada, camina entre jaras y retamas pero desconoce dónde se encuentra. No es que esté perdida, es que no sabe lo que quiere encontrar, aunque no puede dejar de andar e intentar llegar a su destino. Accede a un claro en la vegetación y ahí lo ve, es un colmenar. Por alguna razón, lo estaba buscando. Ahora sí se para. Es ahí donde ella debía estar. Doce colmenas alineadas, blancas y brillantes bajo la luz potente del sol que les da de lleno. Sus piqueras están llenas de abejas que continuamente entran y salen, sobre todo ahora salen hacia ella al notar su presencia. Zumban furiosas, le estorban la vista por la cantidad que tiene alrededor y la velocidad a la que se mueven. La rodean, le intentan picar pero sus aguijones no le afectan, aunque nota como impactan con golpes secos sobre su piel.

De repente aparece una persona. No lleva ropa. Es mayor, prácticamente un anciano. Su piel es blanca, con esa falta de color de las personas de edad. Sara se queda asombrada de ver un hombre desnudo precisamente ahí. Sin notar su presencia, el hombre se acerca al colmenar. Sara le intenta avisar pero la voz no sale de su garganta. Cuando está a unos pasos de la colmena más cercana, ve que a él si le afectan los picotazos. Sara ve impotente como una tras otra le van clavando los aguijones y el hombre no puede defenderse, no acierta a cubrir su piel ante la cantidad de abejas que le están picando. Sin embargo, no ceja en su empeño de seguir avanzando hacia las colmenas que van a ser su perdición. Sara intenta gritar de nuevo pero ni un sonido sale de su cuerpo. Decidida, quiere avanzar hacia el hombre y sacarle a empujones de allí. El hombre se dobla por el dolor, aturdido por el veneno que le inoculan decenas de aguijones clavados en su piel desnuda. Sara no puede moverse. Unas manos la retienen, quiere correr, avanzar, mover las piernas pero varios pares de brazos sin cuerpo la sujetan. Grita sin que salga un sonido de su boca “Mateo”, porque es Mateo el hombre que ya está tumbado en el suelo, manoteando impotente, cubierto de abejas furiosas que forman una costra en su cuerpo. Ella intenta sacudirse esas manos como tenazas que la retienen, mover las piernas, las manos, el cuerpo, pero es incapaz. Por fin parece que va a poder gritar.

-¡¡¡Noooooooooooo!!!!

Oye su propio grito y la realidad cambia repentinamente. Está en una habitación que no conoce. De hecho, no es una habitación sino más bien algún tipo de cabaña o refugio en el campo. Distingue un techo no muy alto de retamas secas, sujetadas por una estructura de palos y hierros. La pared circular es de piedra y el suelo donde está tumbada es de tierra apisonada. Está en un saco de dormir, con una camiseta, bragas y calcetines como única ropa. Jadea por la impresión de la pesadilla, aunque el aire fresco que respira la reconforta. Por un hueco que hace de puerta ve las estrellas y el inicio de claridad de un próximo amanecer. Una voz grave le susurra que se calme y una mano grande se posa en su espalda mientras otra le toca la frente y le limpia el sudor. La voz la reconforta y le introduce en un sopor que hace que vuelva a dejarse tumbar para de nuevo dormir, ahora ya con un sueño tranquilo, profundo y sin sueños.



A veinte kilómetros al sur de Villanueva, Darío mira desde la ventana del hotel a la sierra. A pesar de la distancia, en esa mañana fresca y sin calima se distingue perfectamente la nieve que aún sobrevive en las canales que bajan de las portillas del pico Almanzor. “Desde aquí le debió dar el nombre aquel tío”, piensa. En el aséptico hotel de Navalmoral de la Mata parece que ha puesto distancia a todo lo ocurrido hace dos días. Apenas ha salido de la habitación.

Es probable que sepan donde está, e incluso puestos a ponerse peliculeros, seguramente le estén controlando discretamente. Poco cuesta a quien tiene los enlaces suficientes hacer que la policía local o la Guardia Civil controle a cierto estrafalario huésped que se ha registrado con su DNI.

“Ella estará ahora despertándose con algún novio o recogiendo firmas contra las Abejas del Ejército Imperialista, o algo así. Qué imbécil. Y yo qué. Cómo soluciono esto.”

Hay un enjambre que hay que destruir y que no debería ser capturado por cierta reunión de amiguetes. Lástima de no estar en su laboratorio. Supuestamente no puede entrar nadie salvo que se utilice la fuerza, algo que puede suponer que ya han utilizado. Obviamente las claves oficiales para acceder a sus equipos informáticos las cambió hace bastantes meses por unas que solamente él conoce, pero eso simplemente es cuestión de tiempo. Otra cosa es que sepan qué hacer con la recopilación de datos y con la información de los sensores. Su baza es que él y solamente él sabe dónde encontrar a esas abejas, así como la frecuencia de desactivación del inhibidor. Si es que eso funciona. Y esto le convierte en alguien valioso.

Seguro que ella cree que ha vuelto a Estados Unidos corriendo o que está con ellos, colaborando. No se lo imagina destruyendo ese enjambre. Pues lo va a ver. Sabe que tiene pocas bazas. Pero puede jugarlas.



Ya es de día cuando abre los ojos de nuevo. La calidez del saco de dormir la envuelve mientras sus ojos vuelven a explorar la cabaña donde ha estado dormida. Decididamente es una cabaña de pastores. Huele penetrantemente a cabra. Algunos aperos oxidados cuelgan de las paredes. Hay unas mochilas de anacrónicos colores brillantes en un lado de la estancia. Una persona está cerca de la puerta, inclinada sobre un hornillo.

-Me tomaría un poco de ese café. –Dice al recibir el confortante olor.

-Ya está subiendo. – Le responde amigablemente la voz masculina que le calmó la pesadilla. Le ve echar el líquido en un vaso de desayuno y se levanta ágilmente para llevárselo.

Es un hombre grande, le reconoce en seguida. Lleva la misma ropa. El topógrafo que casi atropellan en la loca bajada de ¿ayer? No ubica el tiempo, le parece que ha dormido varios meses. La mira de una forma extraña, profesional, como un médico.

-Toma.

-Gracias.

-Le he echado miel. Te sentará bien.

Sonríe amargamente para sus adentros. Miel. Abejas. De todas formas huele muy bien y se toma un trago. Aunque siempre se ha adaptado bien a las situaciones nuevas, sin detenerse demasiado a pensarlas, necesita coordenadas de su actual realidad.

-¿Dónde estoy?

-Estás en un chozo de cabreros, en la sierra. Has tenido un accidente con el coche. ¿No recuerdas nada?

Digiere la información a la vez que la bebida entra en su cuerpo. Pasa un minuto o dos sin decir una palabra, con la mirada perdida en la puerta de la cabaña, donde un cielo azul brillante de media mañana se distingue por el hueco. La construcción debe estar en un alto de la sierra si se ve el cielo desde ahí.

-Sí. Sí que me acuerdo. Después de…lo de la piscina…estaba en el coche hablando por teléfono con…y entonces vinieron de repente, me cogieron…

Sus ojos se abren saliendo de sus órbitas. Se echa para atrás en una actitud de defensa.

-¿Dónde estoy? ¿Qué me hicieron? ¿Quiénes sois?

-A ver, tranquila, yo no soy de esos. Te encontré justo cuando habías tenido el accidente, saliste despedida del coche y caíste en unas escoberas. Tuviste mucha suerte. Tu coche se empotró contra una roca y cayó por un barranco. Despídete de él.

-Pero yo no recuerdo nada.

-Es normal, con el golpe. Te diste en la cabeza. Por suerte, solamente ha debido ser una pequeña conmoción. Debes tener el cráneo de titanio. Te sedé levemente y te he dejado dormir, vigilando tus constantes vitales, se puede decir. Te traje hasta aquí, estamos a trescientos metros de donde te saliste del camino, y has estado dormida quince horas. Debes tener hambre.

-Y ganas de mear ¿dónde...?

-Si son aguas menores, ahí a la vuelta de la cabaña. Cuando vuelvas, saco tu ropa.

-¿Es que me quieres ver en bragas?

-Ya te he visto, tranquila. Recuerda que ese saco de dormir es mío. Lo que no quiero es que eches a correr. Me tienes que explicar bastantes cosas.

-O sea, que soy tu prisionera. Y tengo que ir descalza.

-Tú lo has dicho, cuidado no te salpiques las uñitas.

-Joder.

Se levanta y nota que le duele todo el cuerpo, descubre varios moratones y un chichón en la parte occipital de la cabeza. Rasguños en la espalda y en el brazo derecho. En el cuello nota el inicio de una contractura.

Le sienta bien salir al aire fresco. Efectivamente, están en un alto, hay otra cabaña, parece cerrada. No se ve ninguna señal humana, ni siquiera el coche de su salvador o carcelero. Calcula e intenta ubicar su posición, vagamente se sitúa. Localiza el pueblo, o la dirección donde se debe encontrar. Tiene que pensar varias cosas, averiguar quien es éste, saber qué está pasando, aclarar quien le raptó, denunciarlo a la guardia civil…Marina. Su gran amiga juez. Menuda zorra. Ella la vendió. Dio la orden para que aquellos guardias civiles tan raros la apartaran de la carretera y luego aquellos otros tíos la raptaran. No recuerda más. Tampoco recuerda haber conducido, solamente recuerda los brazos de aquellos brutos cogiéndola en vilo como si fuera un peso pluma. La debieron drogar porque es incapaz de que ninguna otra imagen entre o aparezca en su cabeza, pero entonces ¿cómo condujo hasta la sierra por una pista llena de curvas y de desvíos? No sabe por donde salir ni qué hacer.

A quien recurrir, si una juez ha ordenado que hagan eso. Su hermano está en Alemania, hasta la semana que viene no esperará la llamada más o menos mensual. No tiene más familia cercana. Sus amigos…los de la facultad quién sabe dónde están, tendría que revisar el grupo de Facebook que nunca mira. En el pueblo, tampoco tiene lo que se pueda decir amigos del alma a quien recurrir en estos momentos; aunque conoce a mucha gente, no sabe a quien podría contarle y compartir esta movida gigante en la que sin comerlo ni beberlo se encuentra metida.

Rodea la cabaña y ahí está el topógrafo, al sol. Esperándola.

-¿Mejor?

-Sí, más o menos. Ahora me vas a dar unas magdalenas y ya haces la gracia completa.

-Mmm…se me han acabado, toma, veleaquile, coge estas galletas. Son de chocolate.

-Genial. Tengo un hambre horrible.

Se recuesta sobre el muro de la cabaña, al sol. Es agradable. Aún no hace calor. Deben estar a bastante altitud. El topógrafo la mira, la examina. Diría que esa mirada es la de un padre que le va a echar una regañina o va a averiguar los detalles de una trastada. Ella le devuelve la mirada. También le examina. Es un hombre que ya no es joven. Bronceado por el sol mientras trabaja, se nota la raya del moreno dibujada por una camiseta; moreno agromán de currante, bastante poco glamouroso. Lleva una barba rala y no muy cuidada, una incipiente calvicie. Parece que sonríe con facilidad, aunque su gesto serio actual no es precisamente una fiesta.

-Te llamas Sara. Yo soy Carlos.

-¿Has cotilleado en mis cosas?

-Claro, has estado roncando un montón de tiempo. Algo tenía que hacer.

-¿Y por qué no me has llevado a un hospital? Me tendrían que hacer una placa en la cabeza.

-Ya te la harás, aunque te aseguro que no tienes otra cosa que chichones y moratones. Tenemos que aclarar un par de cosas.

-Tú eres el que me tienes que aclarar las cosas. Estoy secuestrada.

-Sara, te estoy protegiendo. Han intentado matarte.



El quad petardea por la carretera de servicio del canal del Rosarito, atrás quedaron a primera hora de la mañana las calles somnolientas de la capital del Campo Arañuelo. Su estruendo molestó a más de uno que a esas horas disfrutaba del respiro matinal de madrugada de la temperatura de julio. También a algunos borrachines que regresaban a sus casas a recuperarse de la noche de verano. Darío vuelve. Sube a la sierra. Piensa que antes de huir, debe terminar lo que empezó. De alguna manera, intentará llegar al laboratorio, hablar con quien tenga que hablar, accediendo como sea a los medios necesarios para terminar con ese enjambre.



-O sea, que según tú una especie de iniciativa Dharma ha pagado a un tío, el fitipaldi que va haciendo el loco siempre por estos caminos, que es un genio de la apicultura, para que se invente una especie nueva de abejas asesinas.

-Sip.

-Este artista ha hecho que en el primer intento, esas abejas hayan matado a un señor que las cuidaba y luego a cuatro o cinco personas en la piscina del pueblo. Esta gente –los de la tal BRIM según tus palabras- está conchabada con la Guardia Civil vía la juez de Jarandilla. Ya solo falta que hagan una ley para ellos y la tienen dominados los tres poderes.

-Por lo que a mí respecta, parece que el poder ejecutivo por lo menos…

-Hay por aquí una especie de súper enjambre que solamente el loco ese puede acabar con él. Ese enjambre es el culpable de todo este embolado.

-Tú lo has dicho.

-Ya.

-Has estado atento. Lo has reproducido tal cual. Visto así contado desde fuera, suena totalmente distinto, absurdo, pero lo horrible es que es lo que te puedo contar. Y te aseguro que por mi parte, es totalmente cierto y verdad.

-Pues necesito un tiempo para digerirlo.

-Bueno, mientras haces la digestión, ya sabes, Quid pro quo.

Mirada burlona. La primera vez que sonríen desde que están sentados.

-¿Yo? ¿Qué quieres que te cuente? Soy topógrafo, estoy haciendo un trabajo para la confederación del Tajo, relacionado con la cubicación de las cuencas de las gargantas que vierten al Tiétar. Como los precios están tirados a la basura, este trabajo lo estoy haciendo a mi ritmo. He conseguido que no me metan prisa a costa de aceptar el dinero ridículo que pagan por él. Eso sí, el topógrafo como siempre el último mono, como salga algo mal siempre va a tener él la culpa.

-¿Estás tu solo?  Qué pasada. ¿Y cómo te manejas?

-Resulta que yo me he criado aquí, mis padres son del pueblo y de crío me venía con mi abuelo a los chozos de la sierra con las cabras. Así que me conozco esta sierra de pe a pa. Total, que llevo por aquí tres semanas dando puntos de apoyo y haciendo croquis de obras de fábrica y otras cosas. Pateando la sierra y encima trabajando. Me he pasado este tiempo viviendo como un cabrero, sin bajar al pueblo, asilvestrado total, hasta que apareciste tú antier. Primero, echando carreras con tu amiguito, que casi os lleváis ayer por delante a mi GPS y a mí, propiamente dicho. A él ya le tenía visto, una vez por semana  baja al pueblo haciendo el idiota con el quad. Después vino lo del supuesto accidente. Supongo que es lo que te interesa. La otra noche estaba yo a punto de hacer lo que nadie puede hacer por mí…

-¿Eh?

-Descomer.

-Ah.

-Pues eso, que estaba yo a lo mío cuando oigo ruido de coches. Obviamente en esa situación uno se esconde, mayormente cuando lleva cuatro años haciendo supervivencia en el monte, tiene amigos cazadores y soy fotógrafo-observador de naturaleza en mis ratos libres. Me oculté sin hacer ruido ni dejarme ver. Al principio pensé que eran furtivos que se reunían en esa curva. Después vi que sus maneras eran distintas.

-¿A qué te refieres?

-Militares, o exmilitares. Gente acostumbrada a mandar y a obedecer. Estaban nerviosos. Examinaban la curva. Un hombre alto era el que llevaba el cotarro. Apareció tu Defender conducido por uno de ellos y vi cómo te colocaban en el asiento del conductor. Se me heló la sangre. Estabas inconsciente, te sentaron y te caíste encima del volante. Lo tiraron cuesta abajo. El coche rodó cogiendo velocidad, chocó y cayó donde querían, pero no se percataron de que habías salido despedida en el primer bote. Caíste en unas escoberas, que pararon el golpe. Yo creo que como el coche no se incendió, iban a bajar, a saber para qué intenciones siniestras. El caso es que se oyó la motillo del tío Feliciano, que volvía de atender a sus vacas como todas las tardes. Unos tíos como esos, y se cagaron de miedo. Se subieron todos a su coche y salieron pitando. Lo gracioso es que ese hombre tiene la finca mucho más abajo y ni siquiera pasaría por el camino en el que estaban.

-Intentaron matarme y que pareciera un accidente.

-Ya ves. Eso es lo que ocurrió. Puedes creerme o no, en este día y esta noche que te he estado velando me he preguntado muchas veces si realmente vi lo que vi.

-Pues yo te creo. Esos son capaces. Me raptaron. Me drogaron. Quisieron matarme dentro del coche. Joder, y ahora qué.

-Dímelo tú, yo habría ido a la Guardia Civil, obviamente, si no fuera por un pequeño detalle.

-Cual.

-Ellos iban disfrazados –bastante torpemente- de guardias civiles. Tenían un no sequé que saltaba a distancia que no habían visto un tricornio en su vida, pero sus coches y sus trajes parecían, y solamente digo parecían, de la benemérita.

-No, es que aquí hay gente muy gorda metida, Carlos. Muy gorda.

-¿Y qué vamos a hacer? Porque yo ahora estoy metido de lleno también. No sé si estoy ayudando a una delincuente o a una heroína.

-Ja, ni una cosa ni la otra. Te aseguro que yo estoy igual. Yo hace cuatro días tenía una vida estupenda y ahora cada vez que conozco a alguien me habla de cosas que no entiendo y me la complica más.

-Pues dime tú qué vamos a hacer.

-Necesitamos a Darío. Por capullo que sea, es el único que sabe cómo arreglar esto, ya que es él quien lo empezó. Otra cosa es que quiera hacerlo o siga el dictado de lo que le mande el BRIM ese. Está claro que sin él, tú y yo no pintamos nada…

De repente Carlos se queda quieto. Sara se para de inmediato. Tiene la mirada perdida, pero se puede ver su cara está tensa, al parecer oyendo un ruido lejano. Se la queda mirando y dice:

-Pues ahí lo tienes. ¿Oyes? Ese es el quad de tu colega. Se le oye subir por el camino de la garganta Minchones.

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